ME SUENA QUE...
Soy consciente que ponerle palabras a las impresiones subjetivas se aleja de lo que se supone ha de ser eso de pensar (al menos a la manera occidental), y aún más lejos está, eso de aparejar impresión y palabra, de lo que es tener conocimiento relativamente cierto de la cosa que sea. Ponerle palabras a las impresiones está más cerca, según me parece, del canto: debe asemejarse a lo de ponerle letra a las melodías. Quizás (vaya usted a saber). Así que lo que ahora escribiré será más un sonar que un decir.
Tengo la impresión que en lugar de mirar por el retrovisor para mejor avanzar reduciendo riesgos, queremos volver al pasado, a aquel paraíso de normas, exigencias desconsideradas y desconcertantes, a los esfuerzos (para no pocos desmedidos en el momento de ser requeridos, tales esfuerzos; insalvables, los obstáculos a superar, puestos por el arbitrario aquí y ahora del docente de turno); volver, decía, a los méritos cuyo panorama de fondo son el elitismo, el prestigio rimbombante y huero, lugar común para oquedades (es decir preciosistas formas y amaneramientos sociales para quedar bien en todo momento y circunstancia); oquedades, decía, rellenas de materia y cachivaches inservibles, puros desperdicios de cosas y más cosas; merecidos, tales supuestos méritos, más por las cualidades que génetica, naturaleza o Dios (según gustos) ha dispensado (es decir, acudir otra vez aunque de otra manera a los antiguos privilegios de nacimiento) que méritos hechos propios por las superaciones o convivencias de no pocas dificultades que uno lleva incorporadas; sí, estas dificultades (por usar palabra suave) implicadas en el desarrollo de una persona, desde el año cero de su existir hasta alcanzar el mismísimo instante de su último aliento. Retorno al pasado de "esto lo haces porque lo digo yo y basta!!!!!! (donde: !!!!!!!, es un gritar de descarga de tensión y para nada una atención considerada y sabedora del chaval, es decir educativa; y no sólo una, la descarga, sinó que insoportable, para padres, hijos y educadores en general, la tensión; o donde: !!!!, son dos pares de hostias dadas a tiempo, como tanto vuelve a decirse, a falta, claro, de mejores recursos).
Hubo un tiempo de lenta gestación (germinó allà por el XVIII) en que los educadores cayeron explícitamente en la cuenta de que si de educar se trataba, el centro de atención debería ser conocer, saber del niño. Quién es el niño, quién és y cómo es, no ya el niño (así en abstracto, que también), sinó quién es este niño en concreto que está ahi delante de mí, ¿cuál su singular complejidad, sus cualidades, sus dificultades, sus luces y no pocas veces sus porfundísimas y dolientes, muy dolientes y silenciosas sombras...). El niño primero y no el lucimiento personal de conocimientos sin fin del maestro, o el libro de texto como único rasero por el que todo infante debe medirse, entre otras medidas: el más inteligente, el más listo, el más rápido, el más bueno en todo, el megabuenísimo en todo + informática...
Qué sereno, intensísimo y dilatado placer, el de escuchar una determinada música mientras llueve más allá y junto a los cristales.
Según categorías caseras, que quiero que sean las mías y para mis usos y costumbres particulares, si recogiéramos todas las lluvias caídas en únicamente dos aljibes, tendríamos el aljibe de la lluvia caída suavemente, con continuidad, con una cadencia casi regular y en prolongado tiempo de reparto; sí, ese llover que oportunamente empapa la tierra porque la quiere apta para la labor de ser. El otro aljibe sería el de las lluvias torrenciales, devastadoras, arrasadoras de la tierra y sus frutos (pero en mi fantasía, ya que estan en un aljibe, dificilmente contenidas, pero contenidas al fin y al cabo).
Una sería la lluvia de las reformas educativas hechas en profundidad (¿las ha habido, con largeza, alguna vez en la Ibérica península?) y la otra las hechas con los ojos vendados: esas miradas encubiertas que anhelan inadvertidamente el retorno del pasado, o la de imponer a espaldas del cotidiano buen hacer del docente (no digo que todo hacer docente sea bueno, ¡que va!, pero en buena medida, creo que sí); esas miradas de muy poca cabeza (es decir de cabezas siempre disyuntivas) que alternan en uno o en otro de estos dos rígidos esquemas: o retorno, o de espaldas a... Antes que mirar por el espejo retrovisor... y a la vez no perder de vista, claro, la carretara...
¿Con qué se encuetran esas buenas lluvias al caer al suelo? Con mentes ya excesicavamente impermeabilizadas (tal vez jamás fueron porosas) o con el "para eso no hay dinero": para desmasificar aulas (por poner un sólo ejemplo), con la consecuente intensificación del tiempo dedicado a los alumnos que esto comportaría; no, al contrario se incrementará la cantidad de niños por clase (lo dicho, el retorno del pasado). También me parece que abunda el espíritu ido, a la moda, pero de la siguiente manera: cualquier cosa nueva es negativamente sospechosa, así ni tan siquiera me dejo inquietar por ella y la considero (no hago por quitar ese alquitrán que va asfaltando partes de nuestro, el del maestro, querer descubrir y revisarse); mucho menos la pienso, la aplico y la hago propia, de verla yo conveniente. Así, que pase de largo todo lo nuevo, "como resulta que eso no será más que una moda..." y efectivamente, moda hacemos que así sea.
Mi impresión es que con bastante frecuencia, las reformas (el espíritu y no únicamente la letra de las mismas, que también) no pasan de la etapa de educación infantil; se quedan ahí y van evaporándose conforme aumentan los ciclos educativos. Y así se mantiene la sequía del ayer, de modo que no nos haría falta volver atrás. Eso también tenemos, ¿no pocas mentes educantes?
¿Cómo es que acabamos, tarde o temprano y en cierta proporción, yendo contra todo, en este caso contra los intentos de mejorar la educación, siendo que las reformas no han sido más que lluvias caidas en suelos poco dispuestos, o aguas caídas torrencialmente, pretendiendo arrasar con casi todo, sinó todo, lo anterior? (Y de ese balanceo no nos movemos, al parecer). ¿Contra qué vamos?
Así, con nuestras mentes asfaltadas y torrienciales lluvias que caen aproximandamente cada cuatro años o según cambio de dirección, los derrapes y accidentes docentes no son pocos; y se están acumulando en el vivo cementerio de autos, me parece a mí, no pocos herrajes lujosamente oxidados.
Mejor sería, en lugar de conducir marcha atrás o lo que es lo mismo de espaldas a la cotidiana calzada, mejor sería, digo, mirar por el reflexivo espejo del retrovisor sin efectuar gratuitos y peligrosos espaldarazos. Y de la misma manera que quien está al volante es el conductor que mira más significativamente lo que tiene por delante, de esta misma manera dejar y cojer (ambas cosa) el protagonismo del quehacer docente quien dia tras dia y de la mejor manera posible está con y al frente de tal y cual niño o niña, o de tal o cual grupo de niños; o participa, el tal, en reuniones que buscan al niño en su ser educable y no va correteando entre burocracia y lances cara a la galería.
Pero atención con la palabra "protagonismo" porqué de la educación, protagonistas lo somos todos. Así que cuidado con descargar (para cargar a otros, no puede ser de otra manera) responsabilidades adquiridas. O cargarme yo con responsabilidades que no me pertenecen a mí sinó que a otros.
(Tal vez convenga aclarar un poco el ánimo que deja este texto, al que me parece que he vertido algo de aditivo espesante, con la posterior escucha del tema en PARA ESCUCHAR de Django Bates (por lo de relajar el ánimo): You Live And Learn







