Sábado 24 de Febrero de 2007

CONTRAPESO

Como modelo para mi imaginación encuentro en una estantería de mi memoria una pieza de relogería. Concretamente se trata del contrapeso deslizable de la varilla de un metrónomo. Soy, esta pieza situada en las últimas muescas, las que, para cualquier compás, dan los tiempos más largos. Por cierto, y sin que venga mucho a cuento, que a veces las suaves olas que desde el Balcó del Mediterrani (Tarragona) se pueden contemplar tienen, para la vista, aquellas lentas y suaves pulsaciones.

Y lo que quiero es, tomando como medida y estímulo esos tiempos largos, anotar desde lo alto de esta mi varilla (que en otros tiempos fue la de mi navegar) los pensamientos, que hacen despertar aquellos tic tac.

Escucho, mientras escribo, algunos de estos compases que dilatan y ensanchan los conductos del sentir, que para mí son todos y cada uno de los poros de la piel, que hallan, lo mismo que el agua fresca en un caluroso mes de agosto, de esa misma manera encuentran la cálida música que busca infiltrarse hasta alcanzar un más allà de la factoría de las palabras.

Se trata de una música que dice un sueño despierto de posibilidades sonoras anudadas al alma. Anudadas a la garganta; a la garganta liberada de angustia (que no otra cosa, imagino yo, debe ser eso del alma: gargante sin angustia). Le dan un sabor de articulación modulada a lo que, siendo en la vida amargo y punzante, amargaría y agudizaría como quebradizo y astillado, y así quedaría; de ser de otro modo -la vida, digo-, es decir, sin estas músicas (o cosas similares).

Se revoluciona enérgicamente contra la dureza, de la única manera que ello es posible: con ternura. El contrabajo, el contrabajo es quien da, litaralmente da, las notas. Genera, de la única manera que tal cosa es posible: con generosidad y tiento, con generosidad medida; arropando, arrullando, haciendo de las notas dedos en las cuerdas graves, que son al tiempo algodones atendiendo los últimos momentos de una herida, que ya harta de serlo quiere retornar a su estado poroso, elàstico, dérmico; sin importarle para nada acunar, ahora en forma de pliegue, cuantas arrugas quieran surcar el tiempo, porqué algunos surcos habrán de ser los dignos de las lágrimas; esas que lo mismo dan su ser para la profunda alegría que para el más desolado y silencioso de los sufrimientos.

Lars Danielsson, Lars Danielsson es lo que escucho ahora y ya hace un buen tiempo. Escuchadlo, escuchad esta obra suya: Libera Me


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Jueves 22 de Febrero de 2007

NORIA

No sujetado yo, al palo mayor de ninguna embarcación. Sin embargo, dos aguas. Unas, las del lienzo, turbulentas; las otras, las de las pozas, tranquilas. Y... aguas equivalentes contenidas, pero a veces desbordadas, por la visceral membrada de nuestros modos de ser.

¿Y entre estas dos aguas, qué es lo que hay?

Recuerdo que de niño iba con mi madre a unos lavaderos. Las mujeres, entre risas y palabras, mojaban, frotaban, espuma, aclaraban y, finalmente, retorcían las prendas de ropa. En aquel lugar casi nunca cesaba el chirrido de una noria. Una pugna, había en aquel claro mecanismo. Una lucha entre el chirriar y crujir, por una lado; y, la sonoridad, casi musicalidad, del agua por el otro. Ambos bandos, son y chirrido, se encargaban de elevarla a un nivel superior. Las aguas del curso inferior aportaban la fuerza para el movimiento y algo de sí mismas para llenar generosamente las cazoletas. En la parte superior de la noria ocurría, repetidamente, una única acción protagonizada por el impertérrito saliente de un arcaduz, una única acción que se desdoblaba en dos tiempos: zancadilla y, resultado, recogida de aguas. Arriba, en el suelo de arriba, el agua era canalizada, según oportunos obstáculos y canales, hasta las extendidas y terrosas páginas cuyos surcos configuraban diversos huertos y márgenes para plantas ornamentales.

A veces esta noria aparecía paralizada. Una estaca atravesada en uno de sus radios impedía todo movimiento, chirrido y musicalidad de las aguas. Entoces, las aguas inferiores sólo golpeaban con fuerza desmesurada e irregular las cazoletas parcialmente sumergidas. El agua, en este punto, se encrespaba o formaba rabiosos remolinos. Se salía, con arritmia a borbotones, de su curso.

 

Pensada, hecha y puesta oportunamente por el hombre en función de alimentar la vida y también de ornamentarla. No, meramente un mecanismo pues. Cultura, por tanto, eso es lo que quiero representar con esta noria.

Deseo, emotividad. Son las aguas, son el motor y el contenido; si puestas están en las cazoletas de la cultura, que les otorgan sentido. Tantas culturas como existentes, por cierto.

O, en su defecto, más bien nada.

O, por una parte, sólo mecanismos. En lugar de cultura "coltura". No deseo, no afectividad (me refiero a la no afectada, tampoco a la zalamera). Entonces, en estas condiciones, lo que nos echen. Por cierto, nada para el fondo, pues no lo hay ( sólo, y si acaso, el monetario)

O, por el otro lado, deseo. Sólo deseo, sin continente, ni forma, ni afecto, ni lealtad, ni compromiso de sí, ni límites. Ninguna cazoleta para remontar.  También esto nos da cero. Nada.

O, y finalmente, como tanto vuelve la nostalgia de no pocos a clamar: ¡Sin agua, sin deseo, sin sentimiento! ¡A palo seco! ¡Dureza! ¡Con estaca, con estaca!


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Domingo 18 de Febrero de 2007

UN RECUERDO

Lejos de mi está atarme románticamente al centrífugo y aleatorio balanceo de un mástil para empaparme lo mismo de tormenta que de inspiración. Lo mío es mucho más tranquilo. Yo me zambulliré en las aguas calmas de un río o, como ahora mismo me viene a la mente, en lugares semejantes a Las Ollas, donde alguna vez de niño, casi adolescente, recuerdo haberme bañado.

Dice mi recuerdo que se remansaba el día en su atardecer, los rayos del sol en las particulares sombras del lugar; que nuestras voces colmaban la medida de las peñas y que los saltos en el agua le abrieron, a su sereno y silencioso discurso estival, un paréntesis (que luego nuevamente cerraría la quietud), repleto de ondulaciones, destinado a decir explícitamente nuestra alegría.

Seguramente que luego, en una noche cualquiera, el íntegro reflejo de la luna en el agua, haría las veces de un punto y aparte para hacer, de aquel lugar, un párrafo más.


Posted by Joan Martín at 15:58:21 | Permanent Link | Comments (1) |

Sábado 17 de Febrero de 2007

EXPOSICIÓN

Un buen amigo mío (que lidia con el arte y con un nada bucólico empleo cotidiano, por lo de los garbanzos que hay que comer, y algunas cosas más, claro) me contó una vez que un pintor inglés (Joseph Mallor Willam Turner) se ataba al palo mayor de una embarcación para observar, sentir, sufrir; experimentar en toda su intensidad y duración el terrible temporal que luego, si vida le quedaba al sir, habría de pintar.

¿Será verdad? No me extrañaría. Voy a intentar montaros una pequeña, muy pequeña, exposición del tal.

Entre los sentidos hay unas inmejorables paredes medianeras. Quiero decir que con la vista no puedo oir (sin embargo oigo y veo), que con el oido no puedo ver (sin embargo veo y oigo), etc., etc. No obstante me parece que si pudiera contemplar, en vivo, estos cuadros y acercara a ellos mis oidos, éstos ensordecerían por el ruido del temporal; que si estuviera un rato, más o menos largo, observándolos, tal vez, me estremecería por lo sublime del espectáculo que supone una voluntad puesta a merced y a la deriva entre los elementos. Que tal vez con obras así puedas oir lo que ves y sentir lo que calabéricamente pensando no serían más que pigmentaciones varias, determinadas longitudes de onda, no más. Y que sólo con el silencio y la calma puede uno anudar delicadamente lo que proviene de cada sentido por separado. Creo recordar que a eso (a esa acción interna e inperceptible de entrelazar) los medievales le llamaban sentido común. Tal vez sí, sea cierto que el meollo del deleite está justo en aquello que no podemos decir porqué la emoción dice un enérgico y a la vez sereno: "¡Calla! Escúchame, nota, siente, joven palabra, escucha por un momento y calla, luego tendrás mucho más, y sobre todo de mejor calidad, para decir; pero yo, emocionada como soy, me reservo el derecho que tienen las palabras a su silencio antes de decir".


 


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Miércoles 14 de Febrero de 2007

ABONO

En nuestros terrenos (en principio dos inabarcables) ya he construido, a base de puertas y graníticos silencios, algunos márgenes que pretenden mostrar, renglón tras renglón, un cierto trasiego que corre entre palabras y cosas. Palabras y cosas, siempre puestas unas al servicio de las otras mediante un mútuo y común disfrute; propiedad, este disfrute, de alguien.

Atención a la palabra disfrute. Se trata del abono, biológico, con que oportunamente habrá de ser sazonada esa tierra de cultivo, para que un cierto decir sea de un cierto agrado (por humilde que lo dicho sea).

¡Ya puedo escuchar mi primera objección!: "Disfrute, disfrute. Menudo Edén que pretendes montarte. Mira que bien, "con las palabras nos ayudamos para el disfrute de las cosas y de las cosas nos valemos para el disfrute de las palabras". Muy bonito, sí señor, muy bonito. ¿En qué mundo vives tu? (me digo yo)"

Veamos. Imagine yo que instalo toda mi vida en un parque de atracciones qualquiera. Y allí, como es natural, voy de atracción en atracción (serpenteando por los necesarios pasajes de larguísimas colas). Es decir que hoy, pongamos que lunes (inicio de la cola llamada semana), me siento atraido ya por el jueves noche, viernes también noche, el sábado y el domingo; que hoy por la mañana (cola de cualquier dia) bostezo en boca, estiro los brazos para alcanzar, ya, la noche; que en enero anhelo ya las aún lejanas vacaciones (quienes tienen la suerte de tenerlas); que ahora que tengo poco dinero (esa falta de dinero que a veces resulta ser la cola del rico siempre inalcanzable), pues... en fin, que le vamos a hacer, si no tenemos más, però, ay!! cuando tenga más (que iguala a mucho) dinero, entonces sí que sí, no sé qué, pero sí; tantas y tantas cosas como tendré emanando, a mi alrededor, los efluvios de la felicidad; que si ahora tengo un coche pequeño, pero ya lo tendré grande y ¡lo habré de tener por duplicado pero bien distintos el uno del otro, mas ambos impresionantes (en eso es que habrán de ser iguales)!; que si ahora dos o más, pisos, con uno especulo lo que con el otro o más no acabo de vivir, poniendo a su vez a la cola a algún necesitado de techo; que ahora no, que cuando lo tenga todo todito entonces sí, me arrejunto, o me caso, entonces sí, porqué no otra cosa nos hace falta, para que todo nos vaya bien, que tenerlo todo (purísima e inmaculada lógica); que ahora que la cosa iba funcionando en este trabajo, patada, a la calle y a engrosar la cola de la correspondiente -y maquillada- estadística. Y para contrarrestar este cuadro de inmejorable porvenir, vea yo la tele a fin de vivir los más intensos sentimientos de la humana condición en horas bajas, que para nada son las mías -esas horas-; no, yo soy distinto, lo que pasa es que con tanta presión diurna, bien viene algo de descopresión nocturna. En esas condiciones estaría de más echar otro divertimento a las artificiosas aguas que ambientan este parque nuestro de cada dia. Sería como ir a la playa de Corporario y, desde su orilla, verter un vaso de agua esperando ver crecer el nivel de las aguas del Duero. Como mínimo, tontería, ¿verdad? Vamos, una especie de sucedáneo de Felipe, el del Picón.

Si lo anteior fuera la cruz, gire yo la moneda para considerar la cara. Imagine yo ahora que alguien pretende vivir lo menos en diferido posible. Es decir, que hace por sentir sus propios sentimientos (que a veces están bien soterrados, ignorados o tergiversados), reconoce y acoge amablemente (auque no sin dificultad, claro) sus propias contradicciones (no pocas veces con dolor); hace por reconocer sus popios errores, especialmente los implicados en las relaciones personales y cercanas; elige, sin dejarse impulsar tanto por tanto resorte hecho de materia ilusoriamente feliz, etc., etc. Es decir, y dicho rápidamente, que al menos procura que el presente no le resvale, insalvable, por la pendiente de la ilusión o se le cuele por el agujero de la melancolía. En esas condiciones (acompasadas por dificultad y satisfacción), ¿a qué viene crearse un espacio, un blog, orientado a la tragedia, drama o dificultades del popio o ajeno vivir; estando además, como están, estos temas, reservados para los que de verdad son escritores?

 

¡Atención! He comparado estos dos últimos párrafos a una, repito, una, moneda con sus dos caras. Tal vez hubiera sido mejor usar la metáfora de la aleación de tal moneda; la composición, mezcla y proporción de la cual, a cada quien puediera importar o, en oro de ley de libertad, no importar para nada.

Por tanto, abono: por una cara, disfrute yo a mi manera, como cada cual a la suya; y por la otra, hágalo yo como una manera más de tomar aliento (por estar, a veces en el canto de la moneda pero tambien tomar aliento a la manera de una buena bocanada de cigarro puro, ahora que ya hace unos cuantos años que no fumo).

Posted by Joan Martín at 23:31:20 | Permanent Link | Comments (0) |

Jueves 08 de Febrero de 2007

ALGUIEN (Y FIN DEL INICIO) (III)

Por ahora, siguiendo estas líneas y para nuestros adentros, hemos realizado una especie de concentración parcelaria, cuyo panorama se compone únicamente de dos inabarcables territorios de donde parten las palabras y las cosas, para reunirse en renglones que son como márgenes que hacen por abrirse al decir de las cosas o a las cosas mismas que se dejen decir.

Y saltando más allá de estas líneas nos encontramos con azuladas tintas de oscuro fondo,que escriben sobre el terreno adjetivándolo de hondo y oscuro, agreste y precipitado; duro y difícil de trabajar, sobre todo en sus vertientes más pronunciadas,a la vez que es rico y bello en amplios y múltiples matices, lo mismo que en detalles menudos.

 

Hondo, oscuro, agreste, precipitado; y en sus vertientes más pronunciadas (donde la gravedad se ceba), duro y difícil de trabajar (a veces imposible); a la vez que rico y bello en amplios y múltiples matices, lo mismo que en detalles menudos.

Así nos devuelve el eco, no ya las palabras, sinó como una imagen de las voces que tienen cuerpos que son alguien, a diferencia de las cosas, y de las palabras que pueden llegar a ser tan huecas sin la consideración de esa imagen natural, la nuestra, reflejada y a la vez devuelta por nuestro hermoso paisaje.

Posted by Joan Martín at 13:30:50 | Permanent Link | Comments (2) |

Lunes 05 de Febrero de 2007

MÁRGENES (TODAVÍA EMPEZANDO) (II)

Recuerdo una ocasión en la que, paseando, me llamaron la atención unos márgenes que delimitaban tierras de alrededor del pueblo y que ahora mismo no sabría decir si estaban dentro del término municipal de la Zarza o en alguno contíguo.

¡Qué cantidad de piedras relativamente menudas y qué variedad de formas! Ni una igual, claro; aunqué todas debían compartir características comunes: como mínimo habían de tener un par de caras lo suficientemente amables, por así decir, como para ser soporte inmediato de las piedras más cercanas y aguante mediato de otras más lejanas en el común repartimiento de fuerzas en arras de un prolongado y asentado equilibrio.

Lo que repentinamente me llamó la atención fue la regularidad y firmeza que mantenían los elementos dimensionándose en su nuevo ser de margen, y con una altura más bien modesta. Me parece que ni una sola piedra sobrasalía lo más mínimo del conjunto que formaban sus caras anteriores. Me pareció contemplar un trabajo humilde, laborioso y ¡tan bien hecho!

Ziczageante trajín de los dedos sobre el teclado en su intento de arrancar la granítica ubicación de las teclas para conferir a las letras su vocacional carácter de linealidad. Linealidad: márgenes dispuestos en paralelo entre espacios con silencios hechos de cuarzo, interrumpidos impertinentemente por esas aberturas que son las palabras, por donde circula la cosecha que la imaginación ha cultivado en los inmensos campos de las palabras y las cosas.

Posted by Joan Martín at 13:33:05 | Permanent Link | Comments (0) |

Sábado 03 de Febrero de 2007

PARA EMPEZAR (I)

Así define el diccionario manual de la Real Academia Española la palabra lindero en una de sus acepciones: Que linda con una cosa.

Al escribir uno ya ha elegido, como lindero de las cosas, la palabra. Es fácil, pues, suponer que cosa y palabra gozan de una contigüidad especial.

A ver, ni cosa ni palabra son capaces de gozar, quien goza es uno. Lo que tal vez ocurra es que entre cosa y palabra no sabríamos donde situar, si en la cosa o en la palabra, el inicio de esa especie de torbellino que todo disfrute genera. Tal vez una y la otra estén involucradas en una suerte de corriente alterna. Ora una, la palabra, es medio hacia la cosa y esa última, pues, será fin; ahora la cosa es el medio, por lo que la palabra será su fin.

Y así con las palabras nos ayudamos para el disfrute de las cosas, y de las cosas nos valemos para el disfrute de las palabras.

Posted by Joan Martín at 23:30:44 | Permanent Link | Comments (1) |