Lunes 30 de Avril de 2007

¿Y ESO PARA QUÉ SIRVE?

Leo en el último Semanal el artículo de Juan Manuel de Padra. Un "afamado" violinista se presta a un experimento ideado por el diario The Washington Post. Joshua Bell, ese es el nombre del músico, interpreta "en una estación de metro de la capital federal", y "durante cuarenta y cinco minutos", "piezas de repertorio clásico"; justo en uno de los momentos de mayor y "tumultuosa" afluencia de gente. De entre tantas personas, una sola reconoce al intérprete; y el dinero recogido no llega ni a la tercera parte del precio que se pagaría por una entrada para escuchar a Bell en concierto. La compra por parte de una ricachona (a uno que hacía por ser pintor) de un boceto de un falso Picasso; y la propuesta de Juan Manuel de llevar a distinguidos escenarios a cualquier violinista callejero poco dotado pero con el nombre del auténtico Bell, componen este artículo que lleva la inteción de remarcar que la mera mención de cualquier afamado nombre encubre, por adhesión y arrebato al tal sustantivo, "nuestra insensibilidad o embotamiento artístico".

Tomemos la escena de la estación del metro como si fuera un botón de muestra. Quiero decir, que como muestra baste tal botón. ¿Muestra, de qué? Las microscópicas partículas a considerar son: tumulto de gente, buen violinista interpretando, uno (y sólo uno) cualquiera que lo reconoce; hora punta y frenético ir y venir de gentes y metros. La membrana celular que contiene al conjunto: tres cuartos de hora. Ampliemos la imagen y fácilmente veremos qué se da de hostias, es decir, que hay elementos ahí que no pegan ni con cola. Tumulto contra música; frenético trepidar de gentes y trenes contra medido compás y subtil ritmo bellamente trenzado con melodias; la masa que fluye viscosa contra uno que reconoce (siempre quien reconoce ha de ser uno, uno mismo); ruido contra sonido; oir mucho y indiferenciado contra escuchar concretamente algo. ¿Persiste la pregunta? ¿Muestra de qué? Ampliemos la imagen hasta reconocernos a nosotros mismos en la muestra tomada. Somos más veloces que tiempo nos damos para aquello que lo necesita, y hay cosas que necesitan tiempo, mucho tiempo.

¿Para qué el arte? ¿Qué valor tiene? Hay dos mundos o dos inmensos ámbitos. A uno se le llema objetivo: afortunadamente mi piso está, y está completamente amueblado, no le falta detalle y es muy confortable; la ciudad (en el mejor de los casos) luce espléndida, limpia, ajardinada, atendidos sus monumentos y también los necesarios servicios... ... ¡y hay tantas otras muchas cosas de ahí afuera que forman parte de este objetivo mundo!. El otro mundo, mucho más difícil de atender (porqué casi todo se da por sentado a causa de: o la genética, o la sociedad, o las costumbres, o las tradiciones de cualquier índole o las circunstancias, o la suerte, o Dios hará, o simple y llanamente el tal mundo ni existe (¡huyamos!... ay!, hay un casi infinito número de "os"), el otro mundo, decía, recibe el nombre de subjetivo. Éste puede llegar a estar alarmantemente desatendido, despoblado, seco, olvidado, o con cuidados de poca monta: dándole continuamente gato por liebre, sobreconcentrando gran cantidad de atención sobre la piel o la celulitis en detrimento de todo lo demás, por ejemplo. Se trata del mundo de mis adentros, ese que no puede hacer otra cosa que sentir o notar de alguna manera (a mendudo, tal vez siempre, con sufrimiento) las carencias y los desaguisos de procedencia múltiple. Tal vez el arte sirva, entre otros medios, para darle paisaje a es mundo de adentro. Luces y sombras, que todos tenemos, se ven matizadas, tal vez sazonadas, o a lo mejor destacadas y dispuestas, solo dispuestas, para una mejor comprensión de quién soy; algo de uno queda abonado con una buena lectura, por ejemplo (aunque otras muchas condiciones sean necesarias para la cosecha). Si este mundo queda olvidado o desatendido, ¿Quién es quien habita las viviendas? ¿Quién, quien puebla los pueblos y las ciudades?

Hay dos mundos y ninguno de los dos son de otro mundo. Ambos son de aquí mismo. Ambos son, y no debería ser uno más que el otro.

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Miércoles 25 de Avril de 2007

PONIENTE (PONENT)

Domingo veintidós. Mañana serena. Calor del sol bien temperado. Vuelta a ciertos hábitos de apariencia insignificante. Habituales puntitos, esos hábitos, plasmados sobre la tela de la vida que uno, y sobre la paleta de las circunstancias, va haciéndose; nimios, pero que con el tiempo y su inquieta perspectiva, la memoria, deben adquirir, seguramente, el colorido que combate a la oscuridad toda.

Juan Manuel de Prada, su artículo en el Semanal. En el bar, sobre la barra, la caña. Sorbo, párrafo, sorbo y párrafo... Truncada y reemprendida lectura de las oraciones. No me para el final del artículo, ni algún punto oportunamente esparcido por el texto. No. Me para un incógnito arrullo que toma por escusa unas cuantas palabras, que al ser leídas suscitan algún armónico personal y recóndito.

Ojeada a la calle y al cruce de calles. Una de ellas va a parar a una plaza que tiene, en su centro, un árbol que estimo como se estima, en lento silencio. Muerto, tal parece (y yo creo que verdaderamente lo está), en invierno. Frondoso y florido, ahora mismo. Delicada y potente y armoniosa la silueta de su densa copa, que es casi todo el árbol; son, al tiempo, sus contornos algo dispersos. Vivísimo ahora, en primavera, con pequeñas y blancas agrupaciones, lanceadas, de flores que, ascendentes, pincelan todo el árbol. Su tronco y sus ramas permanecen, en esta época del año y para mi vista, invisibles. En La Plaça Ponent ocurre esto, año tras año; no sé desde cuando (no hace, relativamente, mucho).

Difusión de calidez, cerveza al paladar, lectura desaliñada. Plaza, en la que siempre resucita el mismo árbol. Cruce. Luz mediterránea generosamente derramada, aunque le pese al asfalto. Notas, cada cosa, de un acorde. ¿Cuál su nombre, cuál su nota dominante? Uno menor y tendente sólo tendente, el vibrar de cada elemento, hacía el relleno de un vacío motivado por la cadencia de un hueco dejado.

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Jueves 19 de Avril de 2007

APNEA

Tener ganas, deseos de decir y no encontrar palabras. Ni palabras y ni tan siquiera hallar qué decir. Nada, sólo un deseo indeterminado. Nada para un vaso de cristal que pretende el contenido de todo un mar. Imposible. Nada. De esta manera, nada.

Tal vez en la playa, sobre las rocas, haya algo. Nada. Nada corpóreo. Sólo la sombra de las viviendas acostada sobre el declinar de la playa, de la playa que se hunde sobre sí misma hasta llegar a su propio fondo.

Se impone, por consiguiente, el descenso a pulmón libre. Apnea involuntaria. Duelo.

Desciendo. El azul pierde rápidamente su color hasta mostrar una única dimensión de profundidad ennegracida. Tristeza. Allà, sobre la tierra firme quedan los elevados y estimulantes relieves del entusiasmo y la contagiosa alegría de rostros de tal manera embellecidos.

Sigo descendiendo, lento, casi inmóvil, hasta quedar, por un instante, quieto, ingrávido... Y súbitamente noto ser arrastrado por corrientes de rabia dirigida contra lo meramente orgánico; hasta hace poco tan dotado, como estabas padre, con la autonomía de una vida que decide, que decide en orden a la vida. Y turbulencias de rabia, también, impactando contra la inorgánica e impenetrable Roca de la Muerte.

De las hundidas bodegas de un untiguo naufragio, es que emergen restos que son palabras a las que me aferro, tendentes como son a buscar el desahogo de la superficie. Ato, ahora con mayor dificultad, uno y otro vocablo con estas cuerdas de tosca sintaxis; y así, a renglón seguido de un nuevo oleaje, puedo, a pesar de todo.


Posted by Joan Martín at 15:12:14 | Permanent Link | Comments (0) |

Lunes 09 de Avril de 2007

OTRO ASPECTO (QUE TAL VEZ TENGA TODO)

En el campo de las palabras que buscan qué pensar, recojo que no todo, entre personas, obedece a relaciones de reciprocidad. Que no todo queda encerrado en el "hoy, yo por ti; mañana, tu por mí" o en el "toma y daca" o en lo profesionalmente correcto y necesario. O, la otra cara, no sé si de otra moneda; la otra, de todas maneras nuestra, oscura cara: "hoy me la haces, mañana te la devolveré. Que no todo queda cercado por cuerdas de recoprocidad, lo he aprendido de maestros (siempre vivos y visibles en los libros) que han intentado pasar su experiencia por el actualmente tan menospreciado y ridiculizado tamiz del pensamiento.

Hay, en estos cercos, una puerta hecha inmaterialmente de desinterés, o mejor dicho, hecha de profundo interés; o aún mejor: hecha de elaborado interés por lo profundo. Se nota que tal puerta existe, por la gratitud que uno experimenta debido a los detalles, a menudo mínimos en apariencia, recibidos de cualquier otro. De cualquier otro que sin querer da (da, sin ese ilusorio querer de la voluntad que en apariencia todo lo puede; sin menosprecio, pero, de la voluntad que quiere lo que puede). Decía que se nota una puerta de entrada, por la gratitud de uno sentida por detalles recibidos de cualquier otro que deja ir, gratuitamente, una atención que brinca, sin aspavientos, el cerco de lo debido, para ir a parar oportunamente a donde y cuando uno más lo necesita. Y todo ello acontecido, claro, al margen, y en las antípodas, de cualquier espectacularidad.

... y salta, agazapada como estaba, la cuestión: Quién sabe, tal vez la fina retícula que todo lo mantiene, aún con la precariedad que a veces parece, esté hecha más de esta fina lluvia que es para el riego de la persona que por los bélicos, aparatosos, o subtiles y verborreantes intercambios que no conocen más que la palanca colocada en el fulcro del retorno de más de lo mismo.

Posted by Joan Martín at 01:15:37 | Permanent Link | Comments (0) |

Miércoles 04 de Avril de 2007

DE PE A PA

A veces uno se halla, súbitamente, en un torbellino de sentimientos y palabras no dichas. Abre -siempre el mismo, o sea uno- la tal cortina (la de palabras y sentimientos) para ver que tal día hace hoy. Y encuentra que el paisaje, a pesar de todo lo que pesa, es en sí una respuesta. Una respuesta, porque el punto por donde el panorama se fuga para alcanzar profundidad, no es otro que el puntito del signo de interrogación. Colgado como está, el tal signo, del Sol, porque ama, quien mira, el poder ver algunas cosas con la mayor claridad posible.

¡No! Os daría error, si pensarais que pretendo decir grandes cosa. ¡No! Arrebaño con el dedo lo que aún queda, de dulce, en mi plato del postre. Y así el placer es doble: el del dulce y el de saltarme la absurda etiqueta (es decir toda etiqueta, por más socializaditos que por ella, la etiqueta, nos creamos estar).

Paso la lengua por esta expresión: Una feliz coindicencia. En sí, la expresión, es un platito bien común. Pero se trata de un postre dulce, muy dulce, pues contiene la palabra feliz. Un platito muy común y algo pasado de moda. Pero, atención, que en lo culinario na hay modas. En fin, en lo culinario...; me refiero, ahora mismo, al paladar.

Paso el dedo sin más presión que la superficial, también la lengua, abro la cortina y... una feliz coincidencia. Un paisaje feliz. Un paisaje al que tanto le cuesta salir, dadas las actuales condiciones. El panorama, pero, promete ser bello. Será un laborioso valle cristalino, frágil y hermoso, y exactamente significado por la palabra coincidencia; porque tiene la posibilidad, este término, de albergar, al fin, aguas provinientes de las laderas.

En lugar de valle diré coindicdencia, y en lugar de dos pensaré una, y en lugar de vertientes nombraré la palabra feliz.

Primero hallo, para conformar este particular paisaje, ciertas respuestas: Hay temas musicales que parecen haber sido creados y interpretados justamente al dictado del sentir de uno. Gustan profundamente desde la primera hasta la última nota. Pero según la realidad, eso no es así; lo que oigo no es creado y interpretado por uno. Yo sólo escucho, ellos crean e interpretan. Sin embargo entre su vertiente y la mía debe haber una coincidencia en el fértil valle de los sentimientos. Uno lee un libro y en algunos pasajes aparece claro lo intiudo, pensado o tímidamente emergido dentro de uno en algún momento. Uno conoce a personas en muchos aspectos muy diferentes a uno y sin embargo parece que algo hay de afín que permite el libre fluir de la alegría y etc., etc.

En fin, se ve que andaba buscando, allá, por la línea del horizonte, según la pregunta: ¿Qué es para mí una feliz coincidencia y dónde la hallo?

Valle del Jerte (foto: Manuel Hernández)

Después de lo escrito: En "PARA ESCUCHAR", en la barra lateral, coloco My Song (Keith Jarrett) un tema en el que coincidimos plenamente.

Posted by Joan Martín at 13:21:03 | Permanent Link | Comments (2) |