Piensa lo que haces, oía decir de niño. Y esas dos cosas hago, muy a mi manera, claro, y a un nivel más bien modesto, qué digo más bien. No, directamente: muy modesto, es decir, a nivel casero. Así, para mis usos y costumbres. Eso hago: hacer y pensar. ¿Obediencia? ¿Simetría de aquel decir cadencioso en ese escribir de ahora mismo? No creo. Más bien coincidencia. O tal vez con mejor y mayor precisión: incidencia. ¿Incidencia sobre la diana de algo valioso?
Por algún extraño armónico, la cadencia de aquel decir al niño hace redoblar juguetonamente algunas palabras sobre el divertido parche de la imaginación. ¿Pienso y acto seguido hago? ¿Primero hago, después pienso? ¿Pienso al tiempo que hago? ¿Tendrá alguna cosa que ver, lo que hago con lo que pienso?
¿Qué hago? Desayuno una buena taza de café con leche. La salud (todo un valor eso de la salud) aún da para que el café sea según su nombre apunta: con cafeína.
¿Qué pienso? La taza, la taza... un continente, una cavidad en la que, naturalmente, algo cabe. El café con la leche (que en su calidad de símbolo puede ser cualquier cosa) son los valores. Sí, sí, esos alrededor de los cuales tanto se cacarea que hay que educar.
Adormilado, no pienso, y la taza se hace trizas de manera contundente. Los valores, a saber, el café con leche, a falta de taza que los contenga se desparraman sobre la suferficial base del posavasos y poco más.
Valiosa, primeramente valiosa, es la taza en su calidad de cuenco y de fondo hecho artesanalmente.
Y haciendo abstracción (que al fin y al cabo es de lo que se trata al pensar), es decir quitando de cualquier lugar los restos materiales de la dichosa taza, lo valioso, lo primeramente valioso, tal vez sea ese nuestro fondo hecho, hasta cierto punto, por una mayor consciencia de lo que hay en uno. Por ver si conviene atender antes las roturas de la cavidad, que cualquier contenido que en ella podiera tener lugar y convencida acogida. O en cualquier caso tal vez ese sea el primer valor a tener en quenta para algunas peronas. Quizás.
Hace ya un cierto tiempo que una palabra me surge tal como si fuera una ventana. Siempre una cara hacia el exterior; la otra siempre vertida hacia el interior de nuestras viviendas. Entrando por ella: la claridad, la luz, el paisaje (si lo hubiere). Saliendo: nuestro ver, nuestro contemplar, nuestro proyectar (también nuestro divagar que siempre puede dar con algo de interés, si de tal lujo, divagar, puede uno disfrutar... habría que procurarlo). La palabra, que bien podría ser como una ventana, es: familiaridad.
Unos estimados primos míos comentaban hace un par o tres de días como por su pueblo, con la repentina y masiva construcción y consiguiente inmigración, ellos ahora iban por la calle -decían- sin poder saludar a casi nadie, cuando no hace mucho tiempo cada cual saludaba a cada quién, por ser, los saludables, conocidos de toda la vida. La vida actual y la de los antepasados.
Durante los diez meses que mi padre pasó en el centro sanitario, ese tiempo (bello y sereno árbol que crece) junto a él se ramificó en un necesario y natural proceso de familiarización que también allí tuvo lugar. Cierta familiaridad con algunos de los ingresados y sus familiares; alguna familiaridad, con los médicos, las enfermeras, auxuiliares, celadores; con quienes hacían las camas, personal de la limpieza, recepcionistas, alguien de mantenimiento y el guarda de seguridad (lo mismo daría haber empezado este listado por el guarda de seguridad, o por cualquier otro, claro); familiares, los cortos espacios de largos paseo, los propios paseos, los lugares, los rincones, el paisaje; el tiempo atmosférico y el puesto en horarios. Imposible, pero, familiarizarse con el último y definitivo giro que da la vida, (allí tal giro no poco frecuente).
¿Qué puede haber detrás del lamento por la alteración, merma o pérdida del sentimiento de familiaridad? Lo primero, que uno aprecia tal sentimiento o tales situaciones y, claro al sufrir ello alteración, uno se lamenta en mayor o menor medida pues algo apreciado se tambalea. ¿Qué puede contener la familiaridad que nos resulta tan apreciable? Sin familiaridad no habría intercambio de bienes personales (pertenecientes a lo más propio de la persona de cada cual), intercambio que puede ir del mero saludar hasta la petición y ofrecimiento de ayuda realmente necesaria. Es posible, claro, aprovecharse de la familiaridad para otros fines no precisamente loables; pero sin familiaridad no habría intercambio de bienes, digamos cualitativamente buenos, es decir, saludables a la persona.
Ahora bien, como las ventanas, quiero ver en la palabra familiaridad dos caras. Cara adentro se trata de la familiaridad dada y su correlato la familiaridad encontrada, encontrada casi sin darse uno cuenta (o exactamente, sin darse cuenta, sin el casi). Es la familiaridad que acontece, entre personas, en un lugar, la lugareña. Familiaridad espacial y también temporal, del antepasado y del pasado que llega al presente. La del hogar, la del pueblo, la vecinal, la anclada en una porción de tierra, en una porción mayor de tierra, en una porción inmensa de tierra, en toda la tierra. Todas ellas, cualitativamente, la misma familiaridad.
La otra faz se halla en el infinito, el de aquí mismo, sin ir más lejos. No se trata, por este lado, de lo que es, de la familiaridad que ya es, esa que nos tiene acostumbrados, la que encuentra el cómodo empedrado en el que podemos, afortunadamente, imprimir, indeleble, el cruce de nuestros pasos sellándolos con algún que otro modesto, o no tan modesto, bien. Hacia afuera se trata de la familiaridad que no toca con los pies en el suelo, la pendiente de hacer; la que, para ser exactos, nos brinda, para su confección, sabiéndolo o no, justamente el extranjero. Una familiaridad sin suelo, pero ni de lejos en el aire; infinita, pero no extraviada, sinó que contenida; cercana, más cercana imposible. Sin caminos establecidos para poder llegar, como ninguno lo estaba antes de serlos. La que harta de carencia de un ámbito propio, busca su lugar, y harta de no haber podido encontrarlo deja las armas, las caseras y las masivas (¡¡nos son también tan familiares las guerras, las domésticas, las intestinas y las petroleras!!), deja las armas y empuña la pérdiga, coge carrerilla de siglos y salta justo encima de la humanidad exenta de todo suelo, de todo fundamento, de todo fundamentalismo.
Reconocida extranjera una incalculable parte de mí mismo, sin ir más lejos; familiar con dificultades, consiguientemente, la extrangería de otro.