Sábado 25 de Agosto de 2007

POR TRES GRATOS TRIGOS

AVENTANDO

Hasta siete niveles de las aguas, conté en esta roca. Más uno formándose en aquel momento y por tanto no visible. Ocho, pues, los caracteres anotados por el río. Siete y uno haciéndose (tal vez para una mirada más aguda que la mía, haya más, así son de relativas las cosas). ¿Ocho, o dos compases de cuatro tiempos? ¿Dos categorías distintas de primaveras (la tónica de las estaciones, es la primavera)? ¿Una, la primavera de aquellos tiempos más lluviosos, y la otra la de estos, los nuestros, más secos? ¿O tal vez ocho sean los meses con que cuenta el río su trancurrir, no ya por su espacio, sinó que también por su tiempo? ¿Quizás de los ocho niveles, el río sólo elija básicamente cinco? Los cinco centrales y ahí, en este pentagrama, vaya escribiendo sus altos y sus bajos; por lo cual es que necesita alguna línea de más, para lo más grave o para lo más agudo.

Sobre la arbitrariedad que significan los anteriores términos, que en buena medida también es la de las aguas (mucho más firme es la tierra) es que voy a tratar de aventar algunos granos, que son las palabras junto con sus cosas. También la letra anexa a su espíritu.

Haré lo posible por tomar como modelo al Tío Vistalegre que no conforme con separar el grano de la paja, lo limpiaba y así, libre de tierra, quedaba preparado para una harina excelente. Su experiencia en el manejo de su molino, junto con su esmero, le aseguraban un producto de muy buena calidad. Le aseguraba a él tal cosa. Esa seguridad no es la de este escrito, lo que no quita que yo adopte las maneras del tío Vistalegre. Aventaré. Obtendré un trigo. El trigo se quebrantará, se desmenuzará: no será ya grano; tampoco, todavía, harina. Y una vez terminado el escrito, ya veré, por la calidad de la harina, si el grano fue lo suficientemente limpio.

EL GRANO

Así, por haber aventado, el saco de trigo es este: aquí, en estas letras, estipulo que la palabra y sus cosas son los granos. En este tramo de rio visite tres cosas... susceptibles de tantas palabras. Determino igualmente que las cosas con sus palabras, para los efectos aquí buscados, son así mismo grano. Tres molinos, que esas son las cosas visitadas, destacan por encima de las líneas agudas marcadas por el río en sus tonalidades más altas. Molinos hechos en otro orden de grano. Graníticos. Órganos de fuerza, agua y pan. Armónicos verdes enramados, envainando, aún y afortunadamente, sus fachadas.

NI GRANO, NI HARINA (o sea, pasos y movimientos imprescindibles)

(Sobre el puente Robledo; llegan un hombre y una mujer, jóvenes. Se hacen presentes recuerdos de su niñez, en la mujer). En esta dirección, hacia arriba, hay un molino. Como llegar. Brincando peñas por esta ladera. Otro más fácil de alcanzar. Sigue por el camino que antes has dejado para llegar aquí. Su punto final es lo que resta de un antiguo molino.

(Deseos de ver el otro, el otro molino). Pregunto como llegar, al día siguiente. Mis primas Humi y Tere se ofrecen para la caminata. El lunes a las siete y media, de la mañana, de la mañana. Efectivamente, a la tal hora. Aprendizaje, por mi parte y por observación y rápida aplicación, del manejo de un buen palo (el que mi padre llevaba siempre consigo, si de ir por el campo se trataba). Al frente, Tere. ¡La de funciones que puede llegar a tener un palo! (auxiliar de transporte personal nada sofisticado, pero tremendamente eficaz). Zarzas, zas, palo y camino abierto. Desnivel franco, hincar palo, forzar sobre la empuñadura un poco con el brazo; desciendes o asciendes, según lo pertinente y todo gracias a la ex rama en mano. Terreno de piso dudoso. Clavar palo ahora para medir firmeza o desnivel camuflado, etc. etc (la segunda lección, la de vértelas con un animal, no tuvo lugar). Llegada. Yo brinqué por estás peñas. Por aquí el agua era conducida. Cerraba su paso un tablón de madera. Aquí lo que resta de la maquinaria. Casi nada. Ese no es muy antiguo, está revocado con cal. Ahora se es intelegente pero aquellas gentes no lo eran menos, ¡Cómo construían!. No hay segundo sin primero. Almuerzo con gusto a tiempo (dulce de barquillos y aromas del lugar que actuaban como especias en todos los sentidos). Y regreso, más fácil por ser, ahora, el acertado camino.

(A ver si puedo visitar dos molinos más. Hacia Fuentes pedaleando, y bicicleta con un complemento sujeto con alambreS al manillar: el imprescindible palo. Joven ganadero con sus ovejas, a las que espanto mientras beben, lo siento y me disculpo, al ganadero; a las ovejas les pudo más el sobresalto que la sed, más allá del río tendrían nueva ocasión. Charla y alguna precisión para alcanzar, yo, mi objetivo. Se encarecen los piensos; de los cereales, combustible, buen precio; malo para los ganaderos que tienen ovejas. Mejor las vacas, menos atenciones, que uno solo no da para tanto si, como es naturalmente, quiere su descanso, etc). Decido por la Mata del Tacón (que en aquel momento no tenía ni idea de tal nombre para aquel lugar, vamos, ni del lugar tenía idea). Un paseillo, ya diestro con el palo, en momentos puntuales como flotando entre un obtáculo y otro, que son pocos, si acaso para moverte entre los restos aún no molidos del molino). Lo primero, un casillo donde creo eran guardados los mulos mientras se hacía la labor prevista. Lo segundo, en lo alto de lo que todavía está en pie hay una piedra - no fijarse en la fecha (caso de no querer rejuvenecer), la foto es de este agosto-, una piedra que, airada y dolida, mantine el orgullo de lo que en otros tiempos fue tan sólido, ella misma aportaba, antaño, su ser compacto. Lo tercero, aunque sesgado sobrecoge, lo tercero -digo-, el muro destinado a subir el nivel y engrandecer el tono del rumor para convertirlo en potencia medida y canalizada de las aguas, todo para dar precisión y fuerza justa para mover, al final de un recorrido, las piedras de moler. El espíritu de estas letras, que es el río, se encontraba, mediando mecanismos bien acompasados, con el alma de estos molinos, que son sus piedras de moler. Ahora ni tan siquiera se encuentran en absoluto, más que algún firme y tenaz testimonio relacionado.

El espíritu de estas letras, el rio. Sin embargo de bachiller, y en alguna que otra ocasión más, leí que eso del espíritu es indivisible. Vamos que no hay quien, ni qué, lo parta. Pues bien voy a enmendar. El espíritu de estas letras es el río y quien, como el tío Vistalegre, orquestaba aguas, ejes, grano, compuertas... para que al final saliera, como la voz blanca de un canto, la harina del sustento. El espíritu, aquí, es el rio y su acústica: el incesante canto, alegre, de quienes armonizaban fuerzas en ese concreto escenario de la naturaleza.

(Es necesario que aquí el escrito quede inconcluso. El trato es que he de dejar en cada molino visitado un par de párrafos, bien, quiero decir de sacos, y así pago, ni que sea póstuma y anónimamente, lo debido a sus dueños. A mí, bien que mal, ocho párrafos me han bastado, ¿Por qué, pues, más?).

 

[Añada - supuestos los dos anteriores, el de la palabra y la imagen del texto- yo un placer. Mientras escribía y montaba este artículo me hice acompañar con esta música, uno de los cánticos (carminas) de Burana, el Primo Vere. Recomendable escucharlo minetras se lea, o mejor aún mientras se miren las fotografies del artículo.]

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Viernes 24 de Agosto de 2007

¿MÁS O MEJOR? (III)

(Al niño Zadic)

Cierto que a menudo ocurre que aquello que nos es más cercano es lo que menos valoramos. No es la cercanía, por sí sola, un criterio para conferir valor a cualquier cosa, bien sea objeto aislado o paisaje. Es alguna cualidad que percibimos de algo, aquello que suscita alguna emoción que, lejos de adjudicar una cantidad a lo percibido, se deja conmover, enalteciendo o aserenando íntimamente nuestro ánimo. Se deja conmover, o tal vez sea que nuestra capacidad de aprecio se concentre en un sentimiento gratamente sorprendido por una equivalencia de buena calidad contenida ahí a fuera en algo. Es decir, que quizás nos reconocemos mejor y mejores mediante las cualidades, poco pasajeras y poco alterables, que las cosas puedan contener.

La cercanía de algo no sería criterio de valoración, pero lógicamente debería facilitar, y por tenerlo tan a mano (ya que está tan cerca) potenciar nuestro aprecio de lo valioso. La cercanía debería sernos un potenciador natural del sabor que, según nuestros sentidos, las cosas despiertan en nosotros. Debería, ser eso así Pero con frecuencia, eso que debería, no resulta ser.

Imaginemos a una persona sumamente pedante que empieza a contar maravillas de su propio entorno distinto al nuestro. O supongamos que algo de nuestros alrededores tenido desde siempre desapareciera como consecuencia de un cataclismo muy puntual. O consideremos que alguien, venido de otros lugares e impresionado por nuestro paisaje, empieza a contarnos con cierto detalle sus impresiones al respecto. Es muy probable que en cualquiera de estas tres circunstancias se accionaría el resorte de nuestras valoraciones y entonces caeríamos en la cuenta del valor de cuanto nos rodea o nos rodeó. ¿Qué significa todo ello?

Básicamente tres cosas. Primera, que antes de algunos, o los tres, de estos supuestos hechos ya tendríamos, cada uno de nosotros, el aprecio, las sentidas valoraciones de los bellos lugares o detalles de nuestras cercanías. Segunda, que este aprecio, que esto tan querido yacía adormecido o disperso; además se hallaba más a fuera que dentro de nosotros, más en manos de los demás, o de las circunstancias, que en uno mismo. Y tercera, basten los tres supuestos, antes de que ocurran realmente, para caer en la cuenta de manera anticipada que nos pasamos una gran parte de nuestra vida desatendiendo lo más valioso de nosotros, bien seamos nosotros mismos (cada cual), nuestros seres queridos, nuestro paisaje o cualquier otra cosa tenida por nosotros como verdaderamente valiosa (valiosa por los fragmentos de felicidad que nos aportan, nada despreciables para los tiempos que corren; y como corren, ¿verdad?).

"Mira que es precioso esto y no lo apreciamos; mira que somos torpes... somos más torpes". Decía una mujer a alguien mientras se contemplaban las imágenes cercanas al pueblo y grabadas en vídeo por mi primo Vicente. Si es una torpeza no valorar lo que tenemos tan cercano; entonces lo diestro, lo hábil, lo certero será valorar cualitativamente cuanto valga de lo que somos o de lo que tenemos.

Posible objeción a todo lo escrito hasta aquí: "Es que, claro, eso de por ahí lo tenemos visto de toda la vida, desde que nacimos, vamos; y ya no nos impresiona". Respuesta a la objeción, la tomo de unas palabras de un hombre, ya algo mayor, del pueblo. Ya hace bastantes años, como unos quince, el que llamaré tío J me contaba, cerca de los pequeños -y fecundos en calidad- huertos de la Vega: "... como me agrada pasear lentamente por los alrededores del pueblo mientras va atardeciendo; a veces me descalzo y ando lentamente sobre la hierba para sentir su frescor, su frescor y también la calidez de la tierra".

Según el criterio de aquella mujer que contemplaba el vídeo de Vicente (criterio: que hábil, certero, diestro es quien valora, aprecia cualitativamente su vida y sus cosas; mientras que qué torpe es quien va haciendo de su vida casi únicamente poco más que un mero objeto de contabilidad, una mera cantidad, altísima, incluso, si queréis), según este criterio, y de ser así en una medida suficiente, el tío J llevaba una vida precisa (sin torpeza) y preciosa, a pesar de sus errores, que seguro que los tenía pues yo estaba hablando con un humano).

La pregunta. ¿Cómo tener a mano siempre que espontánea o deliberadamente queramos la valoración de lo que apreciamos y nos da, aunque sea a retazos una humana (que no más, claro) felicidad? O, la misma pregunta mostrada por su reverso ¿Cómo no depender del fanfarrón o del cataclismo para valernos por nosotros mismos de nuestra propia capacidad de aprecio y valoración?

Hagamos un nuevo haz con los detalles brindados. La mujer que mira, aprecia y emite sin saberlo un criterio, su persona (como cada cual es persona del otro que también lo sea) la persona, quiero decir, de quien la escucha y asiente en una común valoración, el tío J y mi primo Vicente (y su fruto, el vídeo).

Como cordel que reúna las ramas sueltas de estos detalles yo propongo el trenzado de las siguientes palabras: reconoce, dice; escucha, asiente pero no por cumplir sino por sentir; expresa sin tapujos lo grato de la hierba y la tierra, del atardecer y de la lentitud que comporta todo deleite; hace del paisaje un bello discurso de imágenes, substituyendo el oxígeno del aire en la naturaleza por la música que ejerce hondura en lo hondo y expansión en lo alto (la primera de las músicas del vídeo, según mi gusto, muy acertada).

Hagamos el nudo con esta cuerda de tal manera que el haz de detalles no se desparrame con facilidad: La mujer decía, Vicente contaba con imágenes revocadas con la transparente materia de la música, otro escuchaba, el tío J expresaba, libre, sin tapujos sus sentimientos respecto a lo que apreciaba tanto, independientemente de que ese tanto fuera, a la vez, tan sencillo, tan poco, a ojos vista de quienes predominantemente hacen por ver apariencias.

Y ahora ya el fuerte lazo del nudo de la cuerda del haz. Ya hecho: Contémonos y atendámonos en lo percibido y sentido como valioso y tal vez así evitaremos, en cierta medida, dejarnos tratar como si fuéramos un circuito cerrado, predominantemente accionado por los demás, por los demás y de pocas miras o únicamente por las ciegas circunstancias. Que al no contarnos lo valioso, lo ciego impersonal nos hace caer en la cuenta, sí, pero sólo en aquella cuenta excesivamente ponderada como únicamente valiosa: la cuenta de la contabilidad, la que sólo cuantifica, ajena a la calidad de lo verdaderamente valioso, que, sin dudarlo, tal como vemos y sentimos, existe (y nos merece, y lo merecemos).

Así el fanfarrón no sabe decir más que "más": "lo mío es más, mucho más que lo tuyo" (puede que diga "mejor" pero éste es un término, para él, vacío; no puede decir más que "más", no puede hacer otra cosa que cuantificar intentando robar valor a lo otro de sí y a los otros en sí.

El cataclismo o cualquier otra ciega circunstancia, así mismo, lleva sus cuentas: no cuenta más que con menos, hasta su indiferente cero, de ser posible, un cero absoluto aunque sólo sea en un determinado punto, a veces el que más puede dolernos.

Y a ese alguien venido de fuera, por muy de otro país e incluso de otra cultura que sea, sabemos que lleva el visado de esa cualidad que sabe o busca apreciar tanto lo propio como lo ajeno. Nos conviene, tanto a nosotros, como a él, como a lo valioso de la vida, que cada cual puede ir dirimiendo (lo valioso aquí, lo no tan allí, lo no valioso no más que rastrojo).

¿Y cómo etiquetaría a este haz de detalles cogidos por su cuerda, con su nudo y con el lazo del nudo acordado? Yo lo etiquetaría así: FRÁGIL, CUIDAR CAPACIDAD PARA APRECIAR Y DISFRUTAR CUYA DENOMINACIÓN DE ORIGEN SEA ELABORADA POR UNO MISMO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Posted by Joan Martín at 11:16:50 | Permanent Link | Comments (0) |

DESDE LO ALTO DE UN TESO NO CERCADO (II)

Nada como ir de un sitio a otro. Aunque la distancia entre lugares sea de pocos quilómetros y el recorrido quede cubierto en poco tiempo, a pie o con cualquier medio nada o poco sofisticado. Nada como cambiar de vez en cuando de perspectiva, elevarse sin dejar de tocar, con los pies, la tierra. Es decir, ascender ni que sea por un teso y desde su modestísima cumbre pasar de los detalles para contemplar todo un panorama. Así pues si el otro día pretendía atender al posible valor de los detalles, hoy salto a ver qué me depara una cierta panorámica. De los árboles y su riquísima variedad de formas, podría decirse, paso a contemplar el bosque para ver qué encontramos vistas las cosas desde lo alto.

De un buen dominio sobre algo adquirido a base de ejercicio y tiempo le llamamos tener experiencia. Son comparativamente pocos los detalles que uno ha de considerar conscientemente en la realización de aquello en lo que se tiene habilidad (si acaso los oportunos y precisos pormenores). Vamos con relativa facilidad al grano. Oportunamente advertimos qué, y sobre todo cómo y cuándo, hemos de hacer para solventar cualquier dificultad perteneciente a nuestro ámbito de experiencia. Y una vez realizado el trabajo éste muestra tener toda la riqueza de detalles pertinentes, aún no habiendo sido necesario considerarlos todos y cada uno de ellos en el proceso de su realización.

La experiencia es un grado, decimos. Veamos si es posible rebajarle, a tal dicho, algunas décimas de tal grado. Muchos tenemos la experiencia de haber realizado adaptaciones (cursillos, o lo que el otro sabe me lo dice, o lo que sea) para seguir o progresar en el trabajo. Por ejemplo, frente a nueva maquinaria para laborar el campo... todo un nuevo aprendizaje, ¿no es cierto? Actualmente también ocurre a menudo que uno deba desempeñar muy distintos trabajos a lo largo de su vida. Uno puede pensar, con todo esto, que un exceso de cambios ocurridos en un corto plazo de tiempo puede producir una merma o una excesiva parcelación en la extensión de aquel más o menos amplio terreno llamado LA EXPERIENCIA DE CADA CUAL. O tal vez ocurra que adquirimos gran habilidad en adaptarnos a los cambios aunque sólo sea para subsistir.

En el teso que ahora me encuentro he de salvar, para descender, una cierta altura tal como necesariamente ha de hacerse si la ladera se encuentra sesgada por donde más interesa pasar. He de saltar. Saltar al más fértil de los terrenos, a ese terreno que es capaz de desarrollar el más exuberante de los cultivos y que puede decirse en singular: LA CULTURA. Y el terreno es, claro, EL HOMBRE. No podemos dejar de andar por este campo y me parece que justamente es aquí donde cabe rebajar el grado al decir que pretende exhibir tanta experiencia.

Intentaré explicarme. Todos, con el paso de los años y de muchas alegrías y decepciones, tenemos un cierto y a menudo buen conocimiento intuitivo de quienes son los demás, cercanos o no tan cercanos a nosotros e incluso para nada cercanos. Sin embargo es ahí, en nuestros diferentes tipos de relaciones, donde me ha parecido observar a veces que usamos el conocimiento de nuestra experiencia más como un cerco, a veces muy estrecho, que pretende impedir la entrada de consideraciones distintas, nuevas, también reales pero más favorables a lo que el otro sea. Más como esto, como un cerco protector, que como panorama de largo recorrido que invita a bajar a los detalles por mirar de percibir aquellos indicios de lo que posiblemente también pueda ser el otro (o llegar a ser) y que por ahora no habíamos advertido o que el otro no había mostrado.

Aquí, en este terreno, me parece que el conocimiento de nuestra experiencia, como mucho, sólo nos vale medio grado.

Creo que sin cavar mucho, en el subsuelo de lo aquí escrito confluyen las siguientes preguntas: en ésta gran parcela de nuestras relaciones, ¿Por qué vertiente andamos predominantemente? ¿Por los estrictos y a veces necesarios cercos que sólo juzgan al otro? ¿O por la ladera donde quedan orientadas las entradas por las que pueden circular detalles, tenues indicios, a veces, que punteen una mayor y más profunda comprensión (no mojigata) de lo que el otro sea o pueda llegar a ser?

Desde lo alto de este teso, pues, una panorámica que puede prescindir de muchos detalles: la labor realizada en el campo de nuestra experiencia. Al saber acumulado por nuestra experiencia le otorgamos un grado añadido al mero saber teórico o formal. Del conocimiento que puede darnos la experiencia hay una parcela, la de las relaciones humanas, cuyo saber es tan delicado como un arriesgado descenso por los montes. Entonces sí que hay que fijarse con detalle donde ponemos los pies, por ver si pisamos desproporcionadamente más sobre las resbaladizas arenas del juicio, que sobre las bien sujetas rocas de la abarcadora y más profunda comprensión del otro, cercano o muy alejado, incluso culturalmente.

 

Posted by Joan Martín at 11:01:22 | Permanent Link | Comments (1) |

Viernes 17 de Agosto de 2007

ENTRE TANTO DE CUANTO HAY, ¿QUÉ? (I)

(LA ZARZA DE NUEVO)

Primer intento, fracasado, para llegar al río. De haber continuado caminando, tal vez lo hubiera conseguido. Sólo tal vez, porque llegado a aquellos dedos de pata de gallo en que se descompone el camino, ¿Hubiera cogido el camino de la izquierda, izquierda, o hubiera seguido recto, o hubiese optado por el dedo del medio (que no sé, entre gallinas y gallos, cómo le llamarán al tal dedo)?

Al día siguiente, y después de diversas indicaciones de estimados lugareños, el éxito que había de ser coronado con la llegada al río fue alcanzado. En este segundo intento ya fui advirtiendo los significativos cambios operados sobre el terreno. Avanzando, y algo más allá del depósito del agua, lo que quedaba del antiguo camino iba alejándose por la derecha de tal manera que ahora para pasar ladeando la Laguna Nueva había que dar, al dictado del nuevo y prensado camino, dos giros de 90 grados, uno hacia la derecha y el otro, tras unas cuantas pedaladas, a la izquierda. Y entonces sí, gracias a la doble y contrapuesta rectitud de tales ángulos, aparecían detalles que mi memoria iba reconociendo como indicadores de la correcta marcha hacia el río Uces; al cual llegué entre una cosa y la otra, es decir, entre detalles y atentas indicaciones vecinales.

De regreso al pueblo, el atisbo de unas consideraciones de carácter general concebidas meramente como posibles. Entre los cambios ocurridos de un tiempo a otro, entre las diferencias de una persona a otra; en fin, entre la diversidad de todo (que afortunadamente es tanta) tal vez sea el cúmulo de discretos e inadvertidos detalles que uno mismo puede disponer para nuevas configuraciones elaboradas interna y secretamente por la singularidad de cada cual, los que esbozan nuestra capacidad para orientarnos en un mundo tan cambiante como es el nuestro; bien sea (ese nuevo cuño de detalles) para desenmascarar los cambios que nos venden como tal, pero que en realidad no son más que espejismos vacíos con siempre lo mismo (es decir, tedio o rutina); o bien para seleccionar (de entre tanto cambio y diversidad) según lo que cada cual quiera por y para sí mismo; o, finalmente, sea la disposición de estos detalles (antiguos y a la vez inquietos por lo nuevo, distinto y diverso) los que hilvanen las relaciones de nuestra personal y singular diversidad interna (contradicciones, sombras y oscuridades incluidas). Y todo ello sin dejar de considerar oportunamente (es decir, cuando sea necesario) las señalizaciones de aquellos que conocen mejor que nosotros algún terreno, terreno que en un momento u otro nos convenga o nos veamos obligados a caminar sin saber muy bien por dónde ir.

¡Ah!, ¡y sobre todo!, -que me olvidaba- tal como tan distinto puede ser un detalle del otro, podamos, gracias a la riqueza (pero de detalles o de un solo detalle valioso), admitir y, llegado el caso, apreciar lo muy diferentes que podemos llegar a ser los seres humanos, entre la realización de nuestras posibilidades y el impedimento de nuestras limitaciones, sin que tales diferencias tengan que suponer, precisamente, motivos para el recíproco menosprecio (banalidad) o rechazo (xenofobia, envidia u odio).

Posted by Joan Martín at 20:45:28 | Permanent Link | Comments (2) |