POR TRES GRATOS TRIGOS
AVENTANDO
Hasta siete niveles de las aguas, conté en esta roca. Más uno formándose en aquel momento y por tanto no visible. Ocho, pues, los caracteres anotados por el río. Siete y uno haciéndose (tal vez para una mirada más aguda que la mía, haya más, así son de relativas las cosas). ¿Ocho, o dos compases de cuatro tiempos? ¿Dos categorías distintas de primaveras (la tónica de las estaciones, es la primavera)? ¿Una, la primavera de aquellos tiempos más lluviosos, y la otra la de estos, los nuestros, más secos? ¿O tal vez ocho sean los meses con que cuenta el río su trancurrir, no ya por su espacio, sinó que también por su tiempo? ¿Quizás de los ocho niveles, el río sólo elija básicamente cinco? Los cinco centrales y ahí, en este pentagrama, vaya escribiendo sus altos y sus bajos; por lo cual es que necesita alguna línea de más, para lo más grave o para lo más agudo.
Sobre la arbitrariedad que significan los anteriores términos, que en buena medida también es la de las aguas (mucho más firme es la tierra) es que voy a tratar de aventar algunos granos, que son las palabras junto con sus cosas. También la letra anexa a su espíritu.
Haré lo posible por tomar como modelo al Tío Vistalegre que no conforme con separar el grano de la paja, lo limpiaba y así, libre de tierra, quedaba preparado para una harina excelente. Su experiencia en el manejo de su molino, junto con su esmero, le aseguraban un producto de muy buena calidad. Le aseguraba a él tal cosa. Esa seguridad no es la de este escrito, lo que no quita que yo adopte las maneras del tío Vistalegre. Aventaré. Obtendré un trigo. El trigo se quebrantará, se desmenuzará: no será ya grano; tampoco, todavía, harina. Y una vez terminado el escrito, ya veré, por la calidad de la harina, si el grano fue lo suficientemente limpio.
EL GRANO
Así, por haber aventado, el saco de trigo es este: aquí, en estas letras, estipulo que la palabra y sus cosas son los granos. En este tramo de rio visite tres cosas... susceptibles de tantas palabras. Determino igualmente que las cosas con sus palabras, para los efectos aquí buscados, son así mismo grano. Tres molinos, que esas son las cosas visitadas, destacan por encima de las líneas agudas marcadas por el río en sus tonalidades más altas. Molinos hechos en otro orden de grano. Graníticos. Órganos de fuerza, agua y pan. Armónicos verdes enramados, envainando, aún y afortunadamente, sus fachadas.
NI GRANO, NI HARINA (o sea, pasos y movimientos imprescindibles)
(Sobre el puente Robledo; llegan un hombre y una mujer, jóvenes. Se hacen presentes recuerdos de su niñez, en la mujer). En esta dirección, hacia arriba, hay un molino. Como llegar. Brincando peñas por esta ladera. Otro más fácil de alcanzar. Sigue por el camino que antes has dejado para llegar aquí. Su punto final es lo que resta de un antiguo molino.
(Deseos de ver el otro, el otro molino). Pregunto como llegar, al día siguiente. Mis primas Humi y Tere se ofrecen para la caminata. El lunes a las siete y media, de la mañana, de la mañana. Efectivamente, a la tal hora. Aprendizaje, por mi parte y por observación y rápida aplicación, del manejo de un buen palo (el que mi padre llevaba siempre consigo, si de ir por el campo se trataba). Al frente, Tere. ¡La de funciones que puede llegar a tener un palo! (auxiliar de transporte personal nada sofisticado, pero tremendamente eficaz). Zarzas, zas, palo y camino abierto. Desnivel franco, hincar palo, forzar sobre la empuñadura un poco con el brazo; desciendes o asciendes, según lo pertinente y todo gracias a la ex rama en mano. Terreno de piso dudoso. Clavar palo ahora para medir firmeza o desnivel camuflado, etc. etc (la segunda lección, la de vértelas con un animal, no tuvo lugar). Llegada. Yo brinqué por estás peñas. Por aquí el agua era conducida. Cerraba su paso un tablón de madera. Aquí lo que resta de la maquinaria. Casi nada. Ese no es muy antiguo, está revocado con cal. Ahora se es intelegente pero aquellas gentes no lo eran menos, ¡Cómo construían!. No hay segundo sin primero. Almuerzo con gusto a tiempo (dulce de barquillos y aromas del lugar que actuaban como especias en todos los sentidos). Y regreso, más fácil por ser, ahora, el acertado camino.
(A ver si puedo visitar dos molinos más. Hacia Fuentes pedaleando, y bicicleta con un complemento sujeto con alambreS al manillar: el imprescindible palo. Joven ganadero con sus ovejas, a las que espanto mientras beben, lo siento y me disculpo, al ganadero; a las ovejas les pudo más el sobresalto que la sed, más allá del río tendrían nueva ocasión. Charla y alguna precisión para alcanzar, yo, mi objetivo. Se encarecen los piensos; de los cereales, combustible, buen precio; malo para los ganaderos que tienen ovejas. Mejor las vacas, menos atenciones, que uno solo no da para tanto si, como es naturalmente, quiere su descanso, etc). Decido por la Mata del Tacón (que en aquel momento no tenía ni idea de tal nombre para aquel lugar, vamos, ni del lugar tenía idea). Un paseillo, ya diestro con el palo, en momentos puntuales como flotando entre un obtáculo y otro, que son pocos, si acaso para moverte entre los restos aún no molidos del molino). Lo primero, un casillo donde creo eran guardados los mulos mientras se hacía la labor prevista. Lo segundo, en lo alto de lo que todavía está en pie hay una piedra - no fijarse en la fecha (caso de no querer rejuvenecer), la foto es de este agosto-, una piedra que, airada y dolida, mantine el orgullo de lo que en otros tiempos fue tan sólido, ella misma aportaba, antaño, su ser compacto. Lo tercero, aunque sesgado sobrecoge, lo tercero -digo-, el muro destinado a subir el nivel y engrandecer el tono del rumor para convertirlo en potencia medida y canalizada de las aguas, todo para dar precisión y fuerza justa para mover, al final de un recorrido, las piedras de moler. El espíritu de estas letras, que es el río, se encontraba, mediando mecanismos bien acompasados, con el alma de estos molinos, que son sus piedras de moler. Ahora ni tan siquiera se encuentran en absoluto, más que algún firme y tenaz testimonio relacionado.
El espíritu de estas letras, el rio. Sin embargo de bachiller, y en alguna que otra ocasión más, leí que eso del espíritu es indivisible. Vamos que no hay quien, ni qué, lo parta. Pues bien voy a enmendar. El espíritu de estas letras es el río y quien, como el tío Vistalegre, orquestaba aguas, ejes, grano, compuertas... para que al final saliera, como la voz blanca de un canto, la harina del sustento. El espíritu, aquí, es el rio y su acústica: el incesante canto, alegre, de quienes armonizaban fuerzas en ese concreto escenario de la naturaleza.
(Es necesario que aquí el escrito quede inconcluso. El trato es que he de dejar en cada molino visitado un par de párrafos, bien, quiero decir de sacos, y así pago, ni que sea póstuma y anónimamente, lo debido a sus dueños. A mí, bien que mal, ocho párrafos me han bastado, ¿Por qué, pues, más?).







