Viernes 24 de Agosto de 2007

¿MÁS O MEJOR? (III)

(Al niño Zadic)

Cierto que a menudo ocurre que aquello que nos es más cercano es lo que menos valoramos. No es la cercanía, por sí sola, un criterio para conferir valor a cualquier cosa, bien sea objeto aislado o paisaje. Es alguna cualidad que percibimos de algo, aquello que suscita alguna emoción que, lejos de adjudicar una cantidad a lo percibido, se deja conmover, enalteciendo o aserenando íntimamente nuestro ánimo. Se deja conmover, o tal vez sea que nuestra capacidad de aprecio se concentre en un sentimiento gratamente sorprendido por una equivalencia de buena calidad contenida ahí a fuera en algo. Es decir, que quizás nos reconocemos mejor y mejores mediante las cualidades, poco pasajeras y poco alterables, que las cosas puedan contener.

La cercanía de algo no sería criterio de valoración, pero lógicamente debería facilitar, y por tenerlo tan a mano (ya que está tan cerca) potenciar nuestro aprecio de lo valioso. La cercanía debería sernos un potenciador natural del sabor que, según nuestros sentidos, las cosas despiertan en nosotros. Debería, ser eso así Pero con frecuencia, eso que debería, no resulta ser.

Imaginemos a una persona sumamente pedante que empieza a contar maravillas de su propio entorno distinto al nuestro. O supongamos que algo de nuestros alrededores tenido desde siempre desapareciera como consecuencia de un cataclismo muy puntual. O consideremos que alguien, venido de otros lugares e impresionado por nuestro paisaje, empieza a contarnos con cierto detalle sus impresiones al respecto. Es muy probable que en cualquiera de estas tres circunstancias se accionaría el resorte de nuestras valoraciones y entonces caeríamos en la cuenta del valor de cuanto nos rodea o nos rodeó. ¿Qué significa todo ello?

Básicamente tres cosas. Primera, que antes de algunos, o los tres, de estos supuestos hechos ya tendríamos, cada uno de nosotros, el aprecio, las sentidas valoraciones de los bellos lugares o detalles de nuestras cercanías. Segunda, que este aprecio, que esto tan querido yacía adormecido o disperso; además se hallaba más a fuera que dentro de nosotros, más en manos de los demás, o de las circunstancias, que en uno mismo. Y tercera, basten los tres supuestos, antes de que ocurran realmente, para caer en la cuenta de manera anticipada que nos pasamos una gran parte de nuestra vida desatendiendo lo más valioso de nosotros, bien seamos nosotros mismos (cada cual), nuestros seres queridos, nuestro paisaje o cualquier otra cosa tenida por nosotros como verdaderamente valiosa (valiosa por los fragmentos de felicidad que nos aportan, nada despreciables para los tiempos que corren; y como corren, ¿verdad?).

"Mira que es precioso esto y no lo apreciamos; mira que somos torpes... somos más torpes". Decía una mujer a alguien mientras se contemplaban las imágenes cercanas al pueblo y grabadas en vídeo por mi primo Vicente. Si es una torpeza no valorar lo que tenemos tan cercano; entonces lo diestro, lo hábil, lo certero será valorar cualitativamente cuanto valga de lo que somos o de lo que tenemos.

Posible objeción a todo lo escrito hasta aquí: "Es que, claro, eso de por ahí lo tenemos visto de toda la vida, desde que nacimos, vamos; y ya no nos impresiona". Respuesta a la objeción, la tomo de unas palabras de un hombre, ya algo mayor, del pueblo. Ya hace bastantes años, como unos quince, el que llamaré tío J me contaba, cerca de los pequeños -y fecundos en calidad- huertos de la Vega: "... como me agrada pasear lentamente por los alrededores del pueblo mientras va atardeciendo; a veces me descalzo y ando lentamente sobre la hierba para sentir su frescor, su frescor y también la calidez de la tierra".

Según el criterio de aquella mujer que contemplaba el vídeo de Vicente (criterio: que hábil, certero, diestro es quien valora, aprecia cualitativamente su vida y sus cosas; mientras que qué torpe es quien va haciendo de su vida casi únicamente poco más que un mero objeto de contabilidad, una mera cantidad, altísima, incluso, si queréis), según este criterio, y de ser así en una medida suficiente, el tío J llevaba una vida precisa (sin torpeza) y preciosa, a pesar de sus errores, que seguro que los tenía pues yo estaba hablando con un humano).

La pregunta. ¿Cómo tener a mano siempre que espontánea o deliberadamente queramos la valoración de lo que apreciamos y nos da, aunque sea a retazos una humana (que no más, claro) felicidad? O, la misma pregunta mostrada por su reverso ¿Cómo no depender del fanfarrón o del cataclismo para valernos por nosotros mismos de nuestra propia capacidad de aprecio y valoración?

Hagamos un nuevo haz con los detalles brindados. La mujer que mira, aprecia y emite sin saberlo un criterio, su persona (como cada cual es persona del otro que también lo sea) la persona, quiero decir, de quien la escucha y asiente en una común valoración, el tío J y mi primo Vicente (y su fruto, el vídeo).

Como cordel que reúna las ramas sueltas de estos detalles yo propongo el trenzado de las siguientes palabras: reconoce, dice; escucha, asiente pero no por cumplir sino por sentir; expresa sin tapujos lo grato de la hierba y la tierra, del atardecer y de la lentitud que comporta todo deleite; hace del paisaje un bello discurso de imágenes, substituyendo el oxígeno del aire en la naturaleza por la música que ejerce hondura en lo hondo y expansión en lo alto (la primera de las músicas del vídeo, según mi gusto, muy acertada).

Hagamos el nudo con esta cuerda de tal manera que el haz de detalles no se desparrame con facilidad: La mujer decía, Vicente contaba con imágenes revocadas con la transparente materia de la música, otro escuchaba, el tío J expresaba, libre, sin tapujos sus sentimientos respecto a lo que apreciaba tanto, independientemente de que ese tanto fuera, a la vez, tan sencillo, tan poco, a ojos vista de quienes predominantemente hacen por ver apariencias.

Y ahora ya el fuerte lazo del nudo de la cuerda del haz. Ya hecho: Contémonos y atendámonos en lo percibido y sentido como valioso y tal vez así evitaremos, en cierta medida, dejarnos tratar como si fuéramos un circuito cerrado, predominantemente accionado por los demás, por los demás y de pocas miras o únicamente por las ciegas circunstancias. Que al no contarnos lo valioso, lo ciego impersonal nos hace caer en la cuenta, sí, pero sólo en aquella cuenta excesivamente ponderada como únicamente valiosa: la cuenta de la contabilidad, la que sólo cuantifica, ajena a la calidad de lo verdaderamente valioso, que, sin dudarlo, tal como vemos y sentimos, existe (y nos merece, y lo merecemos).

Así el fanfarrón no sabe decir más que "más": "lo mío es más, mucho más que lo tuyo" (puede que diga "mejor" pero éste es un término, para él, vacío; no puede decir más que "más", no puede hacer otra cosa que cuantificar intentando robar valor a lo otro de sí y a los otros en sí.

El cataclismo o cualquier otra ciega circunstancia, así mismo, lleva sus cuentas: no cuenta más que con menos, hasta su indiferente cero, de ser posible, un cero absoluto aunque sólo sea en un determinado punto, a veces el que más puede dolernos.

Y a ese alguien venido de fuera, por muy de otro país e incluso de otra cultura que sea, sabemos que lleva el visado de esa cualidad que sabe o busca apreciar tanto lo propio como lo ajeno. Nos conviene, tanto a nosotros, como a él, como a lo valioso de la vida, que cada cual puede ir dirimiendo (lo valioso aquí, lo no tan allí, lo no valioso no más que rastrojo).

¿Y cómo etiquetaría a este haz de detalles cogidos por su cuerda, con su nudo y con el lazo del nudo acordado? Yo lo etiquetaría así: FRÁGIL, CUIDAR CAPACIDAD PARA APRECIAR Y DISFRUTAR CUYA DENOMINACIÓN DE ORIGEN SEA ELABORADA POR UNO MISMO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Posted by Joan Martín at 11:16:50 | Permanent Link | Comments (0) |
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