La imaginación y un estornino. Un único rasgo común entre elementos bien distintos. Una única nota en un mar de diferencias aéreas inabarcables. Nada compartido entre ambos, excepto su común vuelo veloz.
Si la poseyera dejaría de volar porqué con todos mis vuelos no he podido dar ni un solo paso. Para mí no ha habido un paso adelante, para mí y para mis vuelos, siempre los mismos. Pasos de los de ahí abajo yo quiero. Tanto vuelo. Tanto volar siempre lo mismo.
Mi vuelo visible. Lo hacen visible mis alas, sus movimeintos y la trayectoria de mi cuerpo. Mi vuelo es siempre el vuelo de la quietud, una quietud que va de aquí para allá. Un aquí y un allà nada inquieto, siempre idéntico aunqué ese allá esté en milenios atrás y el aquí sea coincidente, en lo alto de esta grúa, con el ahora de los que caminan.
Como me gustaría andar para poder avanzar, y retroceder para zanjar y adquirir el color y la fragancia. Hundirme y levantarme y estando deshecho deshacer y rehacer para mis pies. No tengo pies. Desconozaco por completo estos movimientos. Sólo los cojo al vuelo de quienes caminan. No me son propios. Como me gustaría dejar el vuelo y andar y hacer camino o hacerme con uno o cien caminos. No puedo porqué vuelo.
Me llegó una vez el sueño de quienes andan que volaban una libertad con futuro no más fulgurante que el porvenir de un automóvil.